10 nov. 2012

Los “Tigres en el jardín” de Antonio Carvajal



«Un poema se hace con palabras, no con sentimientos. Son palabras que se juntan y significan de golpe lo que uno lleva dentro», y lo dice alguien que sabe y que ha demostrado, desde sus primeros versos, que sabe cómo decirlo.

Antonio Carvajal nació en Granada lo que, si nos fiamos por una vez de las estadísticas, es una tierra donde la belleza tiende a expresarse a través de la poesía en particular y de la literatura en general.


Más que una leyenda urbana es una realidad constatable. Cualquiera que vaya caminado por sus maravillosas calles y le dé una patada a una piedra verá salir decenas, centenas, miles de poetas.

Esto puede considerarse “normal” si tenemos en cuenta que hoy en día hasta las celebridades de la farándula piensan en algún momento de sus vidas escribir un libro, como quien va de compras o por el mero hecho de que aprendieron —no demasiado bien— el alfabeto en la escuela.

Lo que sigue siendo un misterio es que de una sola tierra puedan salir genios como Federico García Lorca,  Rafael Guillén o Luis Rosales, para nombrar sólo a los más conocidos porque si tenemos que recordar a otr@s cuyos nombres no son están tan extendidos, la lista sería interminable.

Sin embargo no queremos dejar pasar la oportunidad para dejar escritos algunos, por motivos literarios pero, también, definitivamente personales, si es que no es lo mismo. Poetas como Antonio Dafos, Juan Carlos Friebe (gracias a quien conocimos a Antonio Carvajal cuando este acababa de dejar la Cátedra García Lorca y el primero organizaba sus maravillosos encuentros en la Biblioteca Pública de Andalucía en Granada), Ángel Olgoso —seguro que pensaban que era sólo el mejor escritor del mundo de relatos—, Alejandro (Pepo) Pedregosa… y un largo etcétera que recomendamos leer en el blog de otro poeta y editor, Fernando Sabido.

Tigres en el jardín

Como un ascua de odio te hemos visto en la aurora,
como un trigal de cielo derramado en la vega,
y hemos sorbido el agua que tu contacto dora
y ese aroma de rosas que nos cerca y anega.

En este huerto el lirio es feliz. Sólo implora
libertad nuestra sangre, mientras la nube llega,
se riza y, leve, pasa. Da el chamariz la hora,
y el gozo de la sombra, como un rencor, nos niega.

Solos entre las dalias, entre cedros y fuentes,
tanto nos asediamos que nos cala hasta el hueso
este amor sin futuro y esta luz de los dientes.

Tigres somos de un fuego siempre vivo e ileso,
y te odiamos por libre, recio sol, mientras puentes
de plata ha levantado la muerte a nuestro beso.

© Antonio Carvajal

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