23 oct. 2012

Lo que el día le debe a la noche



   Con un título que podríamos calificar de poético, el escritor argelino Mohammed Moulessehoul que se vio obligado a escribir usando el pseudónimo de Yasmina Khadra nos conmueve con otra de sus historias y con una prosa destilada gota a gota, violenta y suave al mismo tiempo.
   
   El pseudónimo elegido por el autor para evitar autocensurarse y, de paso, salvar su vida, está formado por los dos nombres de su compañera y significa jazmín verde.

   Cualquier persona que haya tenido el privilegio de leer su Trilogía de Argel (Morituri, Doble blanco y El otoño de las quimeras), seguirá echando de menos al gran comisario Brahim Llob que no pasó de la criba del propio autor y nos dejó con la miel en los labios, como una técnica ideal para esperar siempre su siguiente obra.

   Esos tres libros merecen un lugar de honor en la Historia de la Literatura pues, por un lado, nos acercaron un mundo que está ahí al lado pero nos empeñamos en obviar como todos los sucesos que tienen algo que ver con África y, por otro, nos descubrieron a un autor con un estilo tan particular que le dio un impulso a la novela negra más allá del encorsetamiento genérico.

   Y como queriendo demostrar que para la buena literatura los cánones restrictivos ya están obsoletos, Khadra- Moulessehoul demuestra con cada uno de sus libros que para escribir, publicar y ser un éxito sólo es necesario tener calidad, en el más difícil de los casos. El resto necesita de premios con dotaciones económicas inversamente proporcionales a su calidad artística.

   En cada una de las páginas, cada pocos párrafos de la excelente Lo que el día debe a la noche, hay que hacer un alto para degustar las completas, extrañas y precisas metáforas y disfrutar del ritmo que el autor marca como un dios invisible e inexorable.

   En esta novela, desde sus primeras frases vuelve a conquistarnos desde la voz de un niño que va creciendo demasiado rápido por culpa de las circunstancias, de la realidad, del día a día, de Lo que el día debe a la noche.

   «Hay días en lo que el propio tiempo reniega. La fatalidad los esquiva y los demonios también. Los santos patronos se quitan de en medio, y quienes son esclavos de sí mismos se extravían para siempre. Aquel jueves era uno de ellos. Mi padre lo reconoció de inmediato. Llevaba la señal en la cara desde el amanecer. Lo recordaré toda mi vida. Era un día feo, miserable, violento, que no paraba de quejarse a golpe de aguacero y de truenos que sonaban como anatemas. El cielo lo veía todo tan negro que no sabía cómo escaquearse por entre el enfurecimiento de las nubes.*»

   *Yasmina Khadra. Lo que el día debe a la noche. Barcelona, Destino, 2009, págs. 62-63.


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